Κοινωνία Digital

 
04 de noviembre de 2019
Autor: P. Jose Luis

 
Construyamos a partir de los valores

No necesitamos, para empezar, presentar una visión de la situación tan triste y, a la a vez, tan desalentadora de la realidad global por la que pasamos ya desde algunas décadas. Las redes sociales están saturadas de esta clase de noticias y comentarios de lo más contrastante. Hace unas semanas compartíamos en este mismo boletín parroquial una reflexión que iniciaba con una breve visión de esta pesada realidad que vivimos los mexicanos. No vale la pena insistir una vez más en ello. No es tan difícil dar con la raíz de los males que padecemos. En la reflexión a la que hemos aludido los atribuíamos al desorden. En esta ocasión nos fijamos en la ignorancia de los valores y de las virtudes humanas. Y en nuestro caso de cristianos, hemos de reconocer que hay gran ignorancia y, por ende, falta de práctica de los valores evangélicos. La verdad es que las causas son muchas y variadas.

Pero ya basta de quejarnos y de buscar culpables. Esto no resuelve casi nada. Ante tan grave experiencia que cada día vivimos los mexicanos, es necesario que asumamos con responsabilidad social y cristiana la tarea de ir a las raíces de estos males para combatirlos desde sus causas y orígenes. Hasta ahora nos hemos dedicado, empecinadamente, en pretender acabar con la violencia, la inseguridad, y la corrupción precisamente con otra clase de violencia y corrupción, pero más poderosa y eficiente, como teóricamente legal por ejercerla legítimamente el Estado. La violencia y la inseguridad no se van a acabar, desde luego, con más violencia y mucho menos por decreto. Pero tampoco con puros rezos o exhortaciones.

No basta, pues, descalificar o perseguir a los delincuentes. Es necesario trabajar por combatir, más que a las personas, las causas que generan estos males. Entre otros están la desigualdad cultural y económica sociales y el abuso de autoridad del Estado o el tímido o convenenciero uso de ella (como en el caso las condonaciones fiscales que por fin se están conociendo concretamente). Esta situación suscita en las masas humanas grandes descontentos y frustraciones. Pero hay todavía otras causas más profundas y muy arraigadas en el corazón del ser humano: los males morales como son el odio, la mentira, la injusticia, la avaricia y el ansia de venganza y de poder… que no son otra cosa que la falta de educación y formación en los valores humanos y cristianos, como correspondería a un pueblo que se dice cristiano. ¿Con qué autoridad moral va un político o "servidor” público corrupto −cuyos principios de conducta vayan en dirección contraria a valores que tienen que ver con el bien común− a desempeñar auténticamente sus funciones?

No tenemos por qué soportar tales males como si no existieran realmente otras maneras de buscar legítimamente la felicidad y el bienestar. Éstos han de estar fundamentados en los valores humanos universales y en las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Ciertamente no se basan en los valores auténticos, por ejemplo: la corrupción, el fraude, la impunidad, la venalidad, el abuso de poder…, que son evidencia de vicios que nos están haciendo, cada día que pasa, sufrir o al menos soportar resignadamente, sólo como víctimas, la violencia en sus variadas formas.

La paz, el respeto a los derechos humanos, el estado de derecho, la verdadera libertad, entre otras experiencias que necesitamos vivir en armonía unos con otros, son condicionamientos para ser felices ya desde esta vida terrenal y así llegar a la definitiva que es nuestro destino eterno. La práctica de los verdaderos valores nos permiten y nos hacen vivir nuestra vocación universal a la felicidad y van unidos estrechamente a las virtudes humanas llamadas Virtudes Cardinales que se diferencian de las Teologales que tienen a Dios como origen y son dones suyos. Éstas son Fe, Esperanza y Caridad que dirigen la vida de los cristianos. Las Virtudes Cardinales son: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Son propiedad de toda la humanidad. Se observan, aunque diferenciadamente, en todas las culturas. Se derivan de ellas, muchas otras, por ejemplo: la honradez, la fidelidad, la moderación en todo, la lealtad, la puntualidad, el respeto, el pudor, el orden… y muchas más.

Los valores, por su parte, son cualidades de todo lo que existe que nos inducen a poseerlas o rechazarlas en función del auténtico sentido de la existencia humana. Los valores, cuando son percibidos en las cosas, personas o acontecimientos nos mueven a buscar y a adquirirlas, poseerlas para siempre. Esta decisión permanentemente se convierte en Virtud o buen hábito que asegura un desarrollo integral y libre a quien la pone en práctica. Los valores se viven cada vez más profundamente y de una manera gratificante que nos permite ser felices. Los creyentes en Cristo, tenemos un claro ejemplo de esto en las bienaventuranzas con las que Jesús inicia su Sermón de la Montaña según san Mateo (5,3-12) donde él nos propone un compendio de los valores del Reino que no excluyen a los humanos sino los potencian al máximo.

Para concluir esta breve reflexión, es conveniente señalar que la familia es el mejor lugar e instrumento para una educación en los valores y en las virtudes humanas. En efecto, es en su seno donde el valor de la vida es primordial y en torno a éste se aprende y se vive el respeto y el amor entre sus miembros. De manera que valores como la fidelidad, la fraternidad, la solidaridad, la tolerancia y el perdón, así como el servicio, la responsabilidad, la perseverancia, el honor, el orden, la puntualidad y el pudor… son unos de tantos vividos en la práctica de la vida diaria en la familia la cual es ya en si misma un valor insuperable. No nos confundamos. Un valor no es sólo lo que me gusta, sino lo que hace bien a mí y a los demás. Es aquello con lo cual podemos cambiar y construir un mundo mejor en nuestro entorno. Entonces, cambiemos personalmente, en las instituciones y organizaciones civiles, sólo así podremos vivir en la equidad y la paz. Atrevámonos a empezar hoy.

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