Κοινωνία Digital

 
04 de noviembre de 2019
Autor: P. Jose Luis

 
La Fiesta y las fiestas

Todos, absolutamente todos, hemos venido a la existencia por un decreto divino. No somos solamente producto del amor de nuestros padres, sino principalmente del amor misericordioso de Dios, nuestro Padre, que es Amor y nos ha llamado a la existencia. Obviamente que, si Él es el Amor por antonomasia, es, entonces la fuente, de todo amor auténtico. Podríamos decir que, desde que nacimos, estamos llamados a ser, para siempre, testigos del Amor porque nuestra existencia sólo se explica desde el Amor pues fuimos creados por, en y para el Amor.

Entonces, si Dios es puro amor, podemos estar seguros, en la fe, de que no nos llamó a la vida sino para ser felices. No creemos en un Dios que no busque otra cosa que no sea nuestra felicidad plena y perfecta, lo cual sólo es posible junto a Él. En esto consiste la santidad, es decir, la salvación eterna. Todos los seres humanos estamos llamados a alcanzar esa felicidad. Para lograr esto la misericordia divina nos ha revelado este proyecto suyo, mediante su Hijo que se hizo hombre para que con y desde nuestra naturaleza humana, podamos realizar nuestra vocación. "Nos hiciste para ti, Señor, y nuestra alma (todo nuestro ser desde lo más profundo) está inquieta hasta que descanse en ti” (San Agustín de Hipona).

En el transcurso de nuestra vida no podemos experimentar este misterio tan gratificante como real más que siendo felices y la felicidad consiste en vivir en armonía conmigo mismo, con Dios, con mi prójimo y con el entorno ecológico donde me encuentro día a día. La felicidad, sin embargo, no excluye por sí misma el dolor, la fatiga o cierto fracaso en la vida. Al contrario, la auténtica felicidad no sólo compensa y la supera con creces, sino que da el verdadero sentido y su valor a todo eso que nos parece que nos la quita. Así hemos de entender el sentido de las bienaventuranzas: "Felices los pobres, los que lloran, los perseguidos…” aseveraciones de Jesús que resumen el resultado de cumplir con libertad las exigencias del Evangelio (Mt 5-7).

La mejor experiencia de la felicidad es la que se comparte en la gratitud y en fraternidad. Los cristianos deberíamos ser bien conscientes de la felicidad que nos ha traído la presencia misericordiosa de Cristo, el Hijo de Dios por quien llegamos todos los hombres a ser hermanos e hijos de Dios. Más aún, este gozo tan profundo de todos los creyentes se expresa, desde luego, en la vida, pero el Pueblo de Dios, la Iglesia, lo celebra diariamente y, especialmente, en el día del Señor.

En efecto, la conmemoración de los santos misterios de nuestra salvación, se celebra permanentemente el Misterio Pascual (Muerte y resurrección de Cristo) que constituye el eje de toda la vida cristiana. Todo gira en torno a este misterio como la Fiesta principal de la fe cristiana. De manera que todas las celebraciones, cualquiera que sea: ora del nacimiento de Jesucristo; o bien de su Ascensión, o de la de Pentecostés, o bien una de las fiestas marianas o de cualquiera de los santos; en fin, en las misas que se celebran en diferentes circunstancias de la vida familiar, pública o social, o las que se celebran para pedir alguna gracia especial: la paz y la concordia o alguna otra necesidad sentida en la comunidad o individualmente. Y así, en la celebración del resto de los sacramentos en la oración oficial de la Iglesia llamada Liturgia de las Horas. Pero no olvidemos que la forma más perfecta de ser felices se deriva de la práctica de la caridad porque, según dice el Apóstol: "¡Hay más alegría en dar que en recibir!”. Servir es una de las formas inconfundibles de dar.

Con esta variedad de oportunidades, la Iglesia nos muestra la riqueza de su misterio invitándonos a mantener siempre la mirada sobre Aquel que no escatimó ni siquiera su propia vida por darnos la vida eterna. Vivir amando y creyendo aún en celebraciones muy sencillas nos hace vivir, en la esperanza, la verdadera felicidad de tal modo que es ya garantía de llegar a participar en la Fiesta eterna junto al Padre y todos sus santos. Amén.

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